Santa Matilde de Alemania, reina del siglo X nacida en Engern hacia el año 895, es recordada en la historia de la Iglesia como un ejemplo insigne de piedad, paciencia y generosidad inquebrantable. Su vida en la corte y su posterior entrega a los más necesitados delinearon el camino de una soberana que supo anteponer los tesoros del cielo a las riquezas de su propio reino terrenal.
Su memoria permanece viva no solo por su dignidad real, sino por su incansable labor de caridad y la fundación de monasterios que se convirtieron en faros de fe y cultura. Tras afrontar con entereza las incomprensioni familiares y las tensiones del poder, entregó su alma a Dios en Quedlinburg en el año 968, dejando un legado de santidad que el pueblo fiel reconoció de manera inmediata.
En Palermo, beato Giacomo Cusmano, sacerdote, que fundó el Instituto Misionero de los Siervos y de las Siervas de los Pobres, insigne por su extraordinario amor por los necesitados y los enfermos.
En Lieja, en Lotaringia, en la actual Bélgica, beata Eva de Cornillon, monja de clausura en el monasterio de San Martín, que junto con santa Juliana, priora del mismo cenobio, se esforzó para que el papa Urbano IV instituyera la solemnidad del Cuerpo de Cristo.
En Quedlinburg en Sajonia, en Alemania, santa Matilde, que, esposa fidelísima del rey Enrique, fue insigne por humildad y paciencia y se prodigó generosamente en la asistencia a los pobres y en la fundación de hospitales y monasterios. — Martirologio Romano