San Policarpo

Obispo y mártir

Actualizado el 20 de julio de 2026

San Policarpo

El pastor y testigo

Policarpo nació y desarrolló su ministerio en la ciudad de Esmirna, donde fue consagrado obispo alrededor del año 100. A lo largo de su prolongado servicio pastoral, se convirtió en un referente de comunión para toda la Iglesia. En el año 107, tuvo la gracia de acoger en Esmirna a san Ignacio de Antioquía, quien se dirigía hacia su propio martirio en Roma, un encuentro que estrechó lazos de fe y mutuo aliento entre las nacientes comunidades cristianas.

Décadas más tarde, ya en el año 154, la madurez y autoridad de Policarpo lo llevaron a viajar a Roma. Allí se reunió con el papa Aniceto para tratar un asunto de gran relevancia eclesial: la unificación de la fecha de la celebración de la Pascua. Este viaje evidenció su constante preocupación por mantener la paz y la concordia en el seno de la Iglesia universal, respetando las diversas tradiciones locales sin quebrar el vínculo de la caridad.

El martirio en Esmirna

El testimonio supremo de Policarpo tuvo lugar en el año 155, de regreso en su amada Esmirna. En medio de las persecuciones imperiales, el anciano obispo fue arrestado y conducido ante las autoridades. Al negarse a renegar de su fe en Jesucristo, a quien declaró haber servido fielmente durante toda su vida, fue condenado a morir en la hoguera. Ante el asombro de los presentes, al no ser consumido completamente por las llamas del fuego, sus verdugos acabaron con su vida traspasándolo con una espada, consumando así su sacrificio.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo se celebra la fiesta de San Policarpo?

La memoria de san Policarpo se celebra en la liturgia el 23 de febrero, día que recuerda su martirio en el año 155.

Memoria de san Policarpo, obispo y mártir, que es venerado como discípulo del beato apóstol Juan y último testigo de la época apostólica; bajo los emperadores Marco Antonino y Lucio Aurelio Cómodo, en Esmirna en Asia, en la actual Turquía, en el anfiteatro en presencia del procónsul y de todo el pueblo, casi nonagenario, fue entregado a la hoguera, mientras daba gracias a Dios Padre por haberlo considerado digno de ser contado entre los mártires y de participar en el cáliz de Cristo. — Martirologio Romano